Camino por el oscuro pasillo de las habitaciones
de internación, entre las voces apagadas de
familiares y pacientes. La única luz viene
desde el fondo y está escondida detrás
de un tabique blanco. Empotrada en él, una
cruz, de madera oscura, señala el lugar.
En el contraluz del pasillo, la enfermera corre
hasta entrar en una habitación del fondo.
Al acercarme veo que las dimensiones del pasillo
se mantienen detrás del tabique, también
continúa el mismo piso granítico amarillo
del pasillo y los guardacamillas de madera. Como
si el oratorio hubiera estado siempre allí.
Solo un pequeño vano, a manera de pórtico,
y un escalón de madera, indican el final del
pasillo. Allí, apoyado contra el vano, un
médico habla, mirando al piso, en voz muy
baja, con la enfermera que antes corría, y
ahora asiente con leves movimientos de su cabeza.
Piso el escalón de madera oscura, con el
primer paso siento que una pequeña desviación
de la horizontal, hacia adelante, me obliga a una
leve inclinación de mi cuerpo, a modo de respetuosa
genuflexión. Todo el piso está levemente
inclinado. Es un cuadrado de dos metros cuarenta,
de lado, pero irregular, porque la pared del fondo
está algo inclinada.
En todo el interior, en las paredes y techos blancos,
reverbera la luz, algo celeste, del exterior soleado
y traviesa la cruz de vidrio armado, que corta casi
toda la pared del fondo. A contraluz, clavado sobre
la luz, tallado en madera oscura, el cuerpo de Cristo
crucificado. A sus pies un estante bajo contiene
las imágenes y flores como ofrendas.
El espacio es pequeño. Solo una tabla sobre
el piso, como reclinatorio, y otra como único
banco. Sentado allí, un hombre joven llora.
Cubre su cara con las manos y apoya los codos en
sus rodillas. Una mujer, de pie, lo acaricia, en
silencio.