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Oratorio Sanatorio Plaza " Carlos Leo Galli ".

Por Luis Appiani

Camino por el oscuro pasillo de las habitaciones de internación, entre las voces apagadas de familiares y pacientes. La única luz viene desde el fondo y está escondida detrás de un tabique blanco. Empotrada en él, una cruz, de madera oscura, señala el lugar.

En el contraluz del pasillo, la enfermera corre hasta entrar en una habitación del fondo. Al acercarme veo que las dimensiones del pasillo se mantienen detrás del tabique, también continúa el mismo piso granítico amarillo del pasillo y los guardacamillas de madera. Como si el oratorio hubiera estado siempre allí.

Solo un pequeño vano, a manera de pórtico, y un escalón de madera, indican el final del pasillo. Allí, apoyado contra el vano, un médico habla, mirando al piso, en voz muy baja, con la enfermera que antes corría, y ahora asiente con leves movimientos de su cabeza.

Piso el escalón de madera oscura, con el primer paso siento que una pequeña desviación de la horizontal, hacia adelante, me obliga a una leve inclinación de mi cuerpo, a modo de respetuosa genuflexión. Todo el piso está levemente inclinado. Es un cuadrado de dos metros cuarenta, de lado, pero irregular, porque la pared del fondo está algo inclinada.

En todo el interior, en las paredes y techos blancos, reverbera la luz, algo celeste, del exterior soleado y traviesa la cruz de vidrio armado, que corta casi toda la pared del fondo. A contraluz, clavado sobre la luz, tallado en madera oscura, el cuerpo de Cristo crucificado. A sus pies un estante bajo contiene las imágenes y flores como ofrendas.

El espacio es pequeño. Solo una tabla sobre el piso, como reclinatorio, y otra como único banco. Sentado allí, un hombre joven llora. Cubre su cara con las manos y apoya los codos en sus rodillas. Una mujer, de pie, lo acaricia, en silencio.





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